No era el plan… pero era el camino

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Sabes, yo nunca pensé verme trabajando en un hostal… y mucho menos en Madrid. Y oye, creo que a muchos que emigramos nos pasa eso: acabar haciendo cosas que jamás nos habíamos imaginado.

Cuando estaba en la secundaria no tenía ni idea de qué quería estudiar. En Cuba eso muchas veces va más por necesidad que por vocación, entre las escuelas becadas y toda la incertidumbre. A mi madre no le hacía ninguna gracia que me fuera de casa, y al final terminé haciendo un técnico en contabilidad que me daba la posibilidad de tener el Bachiller, o sea, doble titulación… (que no me sirvió de mucho, para qué engañarnos).

¿Quién me iba a decir a mí que, después de cuatro años estudiando, de hacer mis prácticas en una empresa en Cuba, esa carrera no iba a llegar a ningún sitio… y que tiempo después me vería en Madrid, trabajando en un hostal, en un mundo totalmente nuevo para mí? Y lo peor no era eso… lo peor era no saber si realmente me gustaba lo que estaba haciendo. Pero claro, cuando emigras, haces lo que toca. Y empezar… empezar es lo más difícil, eso está claro.

Yo creo que nunca me había preguntado qué me gusta hacer a mí de verdad. Y ahí empezó esa crisis… la de enfrentarte a lo desconocido, la de trabajar por necesidad. Porque créeme, todo el que llega a un país nuevo sabe lo que es eso. Es duro, muy duro, dejar atrás todo lo tuyo… y a día de hoy todavía lo pienso.

Todo eso me rondaba la cabeza, una y otra vez. Y hoy puedo decir que he descubierto que esto me gusta, que quiero luchar por ello… y que no me quiero rendir.

He pasado por muchos altos y bajos. Y desde que fui mamá, todo cambió. Llegar a Madrid y tener que trabajar 12 horas… fue brutal. Hacer cosas que nunca te imaginaste. Pero cuando eres madre, la vida te cambia, sin más.

Hay mucho recorrido en esta historia, pero ahora quiero centrarme en este descubrimiento: en mis ganas de ayudar a hostales en Madrid a generar reservas directas y crear contenido. Para mí esto es un mundo.

Después de tanto miedo al cambio, un día me encontré con Mamis Digitales en Instagram… y dije: “wow, esto es lo que yo quiero hacer”. En ese momento tenía un trabajo agotador. Estaba en un hotel al que llegué pensando que iba a mejorar… y lo que hizo fue todo lo contrario, me destrozó la autoestima. Aunque también te digo, de todo se aprende, y ahí aprendí mucho.

Hice mi primera formación como asistente virtual, y fue increíble. Pero no cambió nada… porque yo no hice nada. Tenía miedo. Miedo a quedarme sin trabajo, sin ingresos. Era como ir cuesta abajo, sin frenos. Y me decía: “Señor, háblame, ¿qué quieres que yo haga?”

Seguí en esa realidad —mi realidad— hasta que empezaron a pasar cosas que me llevaron a tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida. Una decisión que llevaba tiempo evitando. Y aunque los detalles los contaré en otro momento, para no desviarme… decidí dejar mi trabajo.

Decidí buscar algo que me hiciera sentir mejor. Estar más con mi familia. Mi esposo es mi mayor motivador, y mi hija quería estar conmigo. Y dije: “ya no más, hasta aquí”. Y me fui.

La salida no fue como esperaba… pero fue de lo mejor que me ha pasado en la vida. Con mil emociones, dije adiós a algo que me tenía atada por miedo. ¿Quién no ha sentido miedo? Yo… mil veces.

Y fue ahí cuando decidí empezar a formarme como Community Manager. Porque eso me seguía rondando la cabeza: “quiero cambiar, quiero hacer algo distinto”.

En ese proceso, unos conocidos querían emprender un negocio y me dijeron: “quiero que me lleves las redes sociales”. Y yo pensé… “esto no me lo esperaba”. Pero dije que sí.

Volví a formarme, esta vez con más enfoque, con la formación de Community Manager. Y estaba genial, de verdad. Pero ahí te enfrentas a preguntas clave: ¿qué quieres hacer? ¿a qué te quieres dedicar? ¿a quién quieres ayudar?

Y ahí… ahí sentí que Dios me estaba hablando de una forma muy clara. Empecé a darme cuenta de que crear contenido me gusta, que me hace sentir bien. Que había estado buscando en el lugar equivocado.

En ese proceso también conecté con el contenido de Ana Gómez en Instagram, hablando de marca personal y autenticidad. Una crack. Y me di cuenta de que eso era justo lo que me faltaba: ser yo misma, mostrarme tal cual, sin filtros, sin perfección.

Porque la gente no quiere perfección… quiere verdad.

Y desde aquí, gracias, Ana. Porque aunque no me conozcas, me ayudaste.

Hoy puedo decir que estoy feliz de haber llegado hasta aquí. De haber conectado con personas que, sin conocerte, te aportan tanto. Y sobre todo, de haber descubierto que quiero ayudar a hostales en Madrid a vender desde su propia web y a crear contenido. Esa chispa… no sabía ni que existía. Y ahora sé que me encanta este mundillo.

En Madrid hay muchísimos hostales. Me queda muchísimo por descubrir, pero en lo que he investigado… hay mucho por hacer. Mucho contenido que crear. Muchas oportunidades.

Y sí, me da vergüenza hablar. Pero tengo que empezar.

Y en medio de todo eso, me encontré con una amiga en redes, Rocío Álvarez, que conozco desde Cuba. En un reel decía: “si estás buscando la aprobación de todos, no eres una mujer con propósito”. Y eso… me hizo pensar.

Porque no todo el mundo va a entender lo que estás construyendo. Pero lo importante es que Dios lo apruebe.

Y ahí algo hizo clic.

No hay nada mejor que estar en el centro de lo que Dios quiere para ti.

Y me dije: no todo el mundo te va a entender, no todo el mundo te va a apoyar, y no todo el mundo tiene que saber lo que estás haciendo.

Y entonces me hablé claro: “Dayana, ¿qué te pasa? ¿qué te frena?”

Y muy dentro de mí escuché: sigue adelante. Empieza. No te rindas. Sé fuerte.

Porque si esperas a que todo el mundo lo entienda… nunca vas a empezar.

Y entender eso… ya es más que suficiente.