Compañera inseparable

Quiero escribir y contar la historia de una compañera valiosa y, a la vez, muy especial. No sé si ella lo sabe, pero fue un rayo de luz en aquel lugar. Aunque no todo terminó de la mejor manera, yo sí que la echo de menos… y mucho.

La llamaré Luz, por ponerle un nombre. En aquel momento estaban buscando más personal y, en medio de varias compañeras complicadas, llegó ella. Déjenme decirles que no estaba previsto que trabajáramos juntas, ya que nos rotaban, pero por circunstancias de la vida terminó siendo mi compañera todos los días. Y qué suerte, porque compenetramos súper bien. Teníamos formas de pensar distintas en muchas ocasiones, pero nos unían muchas cosas en común.

El resto de las compañeras, por decirlo de alguna manera, nos hizo a un lado: malas caras, portazos, discusiones sin sentido… pero, aun así, nosotras permanecíamos juntas. Qué días tan locos, en un trabajo al que todos vamos porque, como la palabra lo dice, es trabajo y lo necesitamos, claro está.

Luz y yo empezamos a llevar desayunos juntas, y vaya atracones nos dábamos. Compartimos experiencias de nuestras niñas, días de lluvia, jornadas sin parar ni siquiera a comer, clientes conflictivos, risas y muchísimas vivencias, tanto suyas como mías. También nos cubríamos las espaldas la una a la otra. Aunque entre el encargado y algunas compañeras nos hacían la vida imposible, nos apoyábamos mutuamente… hasta que llegó un día que fue una verdadera prueba para ambas, una prueba de compañerismo y apoyo real.

Habíamos afrontado muchas cosas juntas, y entonces apareció la mentira, o esa sensación tan dura de sentirse traicionada por alguien a quien quieres. Eso, inevitablemente, crea una barrera. Luz se vio envuelta en un error que le costó el trabajo. Para mí fue fruto de la inmadurez de la edad o de la inexperiencia, sumado a personas que no fueron buenas y que aprovecharon ese error para hacer daño. Con el tiempo, así lo entendimos.

Luz hizo algo que no debía y lo ocultó, incluso a mí. A veces, cuando no hablamos con la verdad, eso termina volviéndose en nuestra contra. Muchas personas atacaron sin perdonar ni dar una segunda oportunidad.

Para mí fue horrible. Me sentí traicionada, como si no hubiera existido la confianza que habíamos construido. Un fallo humano nos puso en el punto de mira. Llegó el momento en que todo se aclaró y se entendió lo que había pasado, pero tristemente ella se fue: la despidieron. Yo me quedé sola otra vez.

Hoy sé que, para ella, fue lo mejor que pudo pasar. Un error se transformó en un nuevo comienzo. Para mí, quedó un vacío que con el tiempo aprendí a sanar.

La echo de menos. Y sé que muchas veces no somos conscientes de lo valioso que alguien es para nosotros hasta que ya no está. Pero la vida continúa.

En aquel momento de neblina entendí que hay personas que pasan por nuestra vida dejando huellas y enseñanzas muy valiosas. Luz y yo seguimos en contacto, ya no como antes, porque la distancia nos separa, pero sí con cariño. Estoy agradecida, porque aprendí que la verdad siempre es la mejor opción y que perdonar lo es aún más. No somos perfectos, y ahí es donde entra el amor de Dios. Si Él murió en una cruz, ¿quién soy yo para no perdonar?

Hoy le digo a Luz que la echo de menos y que estoy profundamente agradecida por haberla conocido. Porque la vida también se trata de ser valientes y seguir adelante, y creo que ella lo ha hecho con mucha fuerza y energía.

Puedo decir que allí viví un tramo más de mi montaña rusa de emociones, donde cada día era un reto. Quiero seguir contándolo, así que sígueme y no olvides que:

“De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes. Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto.”
Colosenses 3:13–14 (NVI)