Paralizada (continuación)

Como os dije anteriormente, tuve un ataque de pánico; mi mente se quedó completamente bloqueada.

Recientemente estoy buscando nuevas cosas que hacer, porque dejé mi anterior trabajo —esa es otra historia— os cuento de adelante hacia atrás. ¿Puedes creer que me pregunté: “¿Y a mí qué me gusta hacer?” Y respondí: nada.


Oh, por favor… ¿cómo que nada? Y sí, os lo digo literalmente: nada. Mi mente en blanco. Y eso que he hecho tantas cosas: algunas porque me tocaban, otras porque “había que hacerlas y punto”. Supongo que a muchos les pasa, pero yo sigo sin saber qué es lo que más me gusta o cuáles son mis sueños.

Pero vuelvo al momento en el que mi mente se bloqueó. Todo empezó porque me salió una oferta de trabajo cerca de casa, con un horario estupendo, y pensé: “Esto es”. Me llamaron y, para mi sorpresa, había que hacer una formación antes de empezar. En la oferta decía que era sencilla y remunerada, pero al final no era remunerada. Aun así me dije: “Lo hago, ahora mismo no estoy haciendo nada”.

Empecé y, para mi sorpresa, se volvió muy intensa: nueve días de formación, sin prácticas hasta el último día. Vaya locura.

Durante la formación me repetía que era fácil, pero se volvió un gran agobio. Además, no sabía si finalmente me quedarían con el trabajo, porque la formación era selectiva, y eso me tenía muy preocupada.

Tres días antes nos dijeron que habíamos pasado, y el día previo nos sentaron frente a un ordenador para conocer herramientas que solo habíamos visto de lejos. Y ahí me pasó de todo. De repente me senté junto a mis compañeros, mi ordenador dejó de funcionar y me llevaron a otro donde estaba sola. Perdida. Miraba la pantalla, levantaba la mano, miraba otra vez… y no sabía hacer nada.

Madre mía. En mi mente solo pensaba: “He oído hablar de esto, pero no tengo ni idea”. Empecé a llorar sin parar, totalmente bloqueada, con un dolor en el pecho y la sensación de que me faltaba el aire. Me repetía: “Yo no voy a poder, yo no voy a poder”. Y así me quedé: bloqueada, perdida.

Y sí, perdí. No empecé el trabajo por miedo y por otras cosas que no me daban paz. Dije: “No empiezo”. Y ahí comenzó otra lucha: ¿qué hago?, ¿qué es lo correcto? Finalmente decidí no empezar.

Mi esposo, tan maravilloso, me dijo: “Tranquila, mi amor, ya estarás bien. Yo estoy aquí”.
Puedo decir que tengo al esposo más comprensivo del mundo mundial. Dios me dio al mejor.

Aquí empieza otra lucha: ¿no valgo?, ¿no puedo? Esa es otra historia que ya os contaré. Esa batalla interna de “yo no puedo”, “no valgo”, “no sé hacer esto”… Uf, horrible. Y lo único que trae paz a mi mente es mi versículo favorito de la Biblia:

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.”
Josué 1:9

Y ese Dios que me recuerda: “Hija mía, eres valiente por haber llegado hasta aquí. Claro que sola no puedes, pero conmigo sí. Y yo estoy aquí”.

Reconozco que muchas veces me siento perdida y pienso que Dios se olvida de mí, pero eso lo pienso desde mi humanidad pequeña. Sé en el Dios en quien he creído y sé que no estoy sola. Pienso en mi niña y entiendo que, por algo que ella no merece, no puedo desvanecerme. Yo estoy a su lado, y mi familia también.

Así que dejemos de pensar que no podemos o que estamos solas, porque no es así.
Mira a Dios, mira a tu familia y cree con fe que saldrás adelante…